"En la ciudad de los muertos"


          Tras la muerte de su marido, Andrea deja Budapest y se traslada con su hijo a un pequeño pueblo para trabajar clasificando la biblioteca de Janos Koltai, un solitario aristócrata sobre el que circulan siniestros rumores.

Pese a que la razón la impulsa a marcharse, algo sobrenatural la retiene en el pueblo, incluso tras los dolorosos acontecimientos que van a trastocar su  vida. Algo o más bien alguien que le promete la felicidad…  más allá de la muerte.

            Novela de terror muy bien ambientada, con atmósferas enfermizas y ambientes asfixiantes. El personaje de Koltai tiene como claro referente al conde Drácula y toda la novela bebe del clásico del terror. Pero es muy difícil igualar “Drácula”.

La novela está escrita en primera persona, es la protagonista, Andrea, la que nos cuenta cómo conoció el horror  en el pequeño pueblo húngaro. Y quizá aquí está su mayor fallo, porque lo que nos narra Andrea, en general, resulta poco verosímil, y más en concreto sus sentimientos. Ninguna madre pierde a su hijo y se queda como una bobalicona a velarlo sin preguntar cómo ha sido, sin hablar con la policía… Y aún peor, creo que nadie que se encuentre a un muerto en su casa después de dos días enterrado, se vaya a la cama y duerma como una bendita.

            La narración nos sumerge en un mundo cenagoso, repugnante y lleno de pavor… pero no da miedo.

            Incluso al final que tiene un punto de giro muy  interesante, le falta efecto.

            Les gustará a los amantes incondicionales del terror y la novela gótica.

Autor: Latorre, J.M.

Editorial: Valdemar

Año de publicación en España: 2011

Valoración: Bueno.




“Una vez más, mi nerviosismo  me impidió dormir pronto y cuando al fin lo conseguí mi sueño se pobló de pesadillas en las que las figuras de Janos Koltai y la anciana del cementerio se mezclaban en imágenes de tumbas abiertas; en una de ellas vi con claridad el cuerpo de Marko expuesto a la negrura de la noche, sin cubrir por la tierra y con los ojos abiertos posados sobre mí en una muda petición de ayuda, y desperté sudorosa. Me senté apoyándome en la cabecera del lecho. El silencio envolvía la casa, y por primera vez en varios días no me asaltó la sensación de estar siendo observada. Como tenía la boca seca me levanté para bajar a la cocina a beber agua. La oscuridad me infundía un vago respeto, pero esa noche no sentía miedo por saberme sola y lo hice sin dar la luz. Después de beber hice otra prueba con la radio, la cual seguía muda, y fui a asomarme a uno de los ventanales del vestíbulo.

            En el cementerio me había equivocado al pensar que pronto habría niebla. Al contrario, era una noche relativamente clara y eso me permitió divisar una figura inmóvil entre los primeros árboles. No se trataba de una ilusión ni de una prolongación de mis pesadillas; había alguien de pie. Me quedé inmóvil tratando de averiguar quién  podría ser, y lo reconocí en cuanto echó a andar para aproximarse a la casa: era Gábor y tenía el rostro manchado de tierra, como si acabara de salir de su tumba”.

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