"Una casa en alquiler"



La anciana Sophisba se traslada a vivir a Londres. Enfrente de su casa hay un inmueble señorial abandonado, del que cuelga desde tiempos inmemoriales el cartel de “Se alquila”. ¿Por qué nadie quiere alquilar la casa? ¿Qué secretos oculta y quién observa desde allí a Sophonisba  por un agujero? Jabez Jarber, su eterno pretendiente, y Trottle, su criado, se proponen aclarar el misterio. Jarber reconstruye la historia de los antiguos habitantes de la casa, y Trottle, entra en ella y descubre su secreto.

Dickens ideó esta historia y sus amigos escritores Wilkie Collins y Elisabeth Gaskell le ayudaron  en este enigmático rompecabezas por el que pululan maridos que regresan de la muerte, hermanas sin amor, padres crueles, niños maltratados y un enano que quiere entrar en sociedad. Se publicó en la revista Household Word en el año 1858.

Se trata de una obra menor inédita hasta hace poco es español, que interesará a los admiradores de Dickens, pero que a muchos lectores dejará fríos. Las distintas narraciones de los escritores colaboradores resultan interesantes, pero al “todo” le falta garra y unidad. 

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Autor: Charles Dickens
Título original: A House to Let.
Editorial en España: Alba
Valoración: Bueno


“Estaban de pie, al lado de la mesa. Se miraron los dos y poco a poco se reconocieron.

                -¿Norah? –preguntó él al fin.

                -¿Quién es usted? –preguntó ella en tono seco y alarmado sin dar crédito a lo que veía- No lo conozco –añadió, intentando negar inútilmente la terrible realidad que tenía ante los ojos.

                -¿Tanto he cambiado? –dijo él patéticamente- Supongo que sí. Pero, ¡dime, Norah! –continuó respirando con dificultad-. ¿Dónde está mi mujer? ¿Está viva?

                Se acercó a Norah e incluso le habría cogido la mano, pero ella retrocedió sin dejar de mirarlo con los ojos muy abiertos, como si fuera algo horrendo. Sin embargo, era un hombre bien parecido, curtido, atractivo, con barba y bigote, que le daban aspecto de extranjero. En cambio ¡los ojos! Esos ojos anhelantes y preciosos eran inconfundibles… los mismos que estaba contemplando no hacía media hora, hasta que el sueño los cerró suavemente”.

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