"El prisionero de Zenda"

El joven inglés Rodolfo Rassendryll decide acudir a la próxima coronación del rey de un pequeño país, Ruritania, cercano a Austria, ya que su familia y el futuro rey tienen un antepasado común.
Cuando Rodolfo llega a la ciudad fronteriza de Zenda coincide por casualidad con el heredero que viene de una cacería y con el que comparte un parecido asombroso.
El heredero, también de nombre Rodolfo, le invita a una cena regada por buenos vinos, a los que es muy aficionado. La última botella la regala Miguel, el hermano y rival del heredero. Y contiene un narcótico que impide que el futuro heredero acuda al día siguiente a la coronación.
Así que Rassendryll deberá hacerse pasar por él, y suplantarle en sus funciones regias, entretener a su hermosa prometida -sin casarse con ella- y también trazar un plan para librar al auténtico rey, en manos de su hermano, de una muerte segura.
Y como buen inglés victoriano lo hace muy bien, con valentía y arrojo.

Típica novela victoriana de aventuras que marcó a los jóvenes de una época, que pasaron sus tardes leyendo   "La isla del tesoro" "Los tres mosqueteros"... Clásicos que han perdurado no sólo décadas, sino siglos.
Mantiene la intriga, pero las hay mejores, como por ejemplo "Las minas del rey Salomón" o "Beau Geste". El final resultará decepcionante para los lectores de ahora, acostumbrados al final tipo "Hollywood".

Autor: A. Hope
Editorial: PPP
Páginas: 208.
Valoración: Bueno

"No recuerdo cosa alguna de lo que sucedió después. Me arrodillé ante el altar y el cardenal ungió mi frente; luego extendí la mano y tomé de las suyas la corona de Ruritania, la cual puse sobre mi cabeza prestando juramento solemnemente. Se volvió a oír el órgano y el mariscal ordenó a los heraldos que me proclamasen como Rodolfo V de Ruritania; imponente ceremonia reproducida en un cuadro magnífico que adorna mi comedor. El retrato del rey es acabadísimo.
La dama del pálido rostro y encantadora cabellera se aproximó entonces con la cola del vestido sostenida por dos pajecillos y el heraldo anunció:
     -¡Su Alteza Real, la princesa Flavia!
Me hizo una profunda reverencia y, tomando mi mano la besó.

Hay varias películas antiguas sobre al novela que debieron de hacer las delicias de mi padre en el cine de su pueblo.



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